martes, 1 de abril de 2014

Stanbrook, Alicante 28 de marzo de 1939; El día más triste jamás contado

 
30/3/14 Nuevatribuna.es Pedro Luis Angosto
El 28 de marzo de 1939 entraba en la bocana del puerto de Alicante el último barco: El Stambrook, un viejo carbonero al mando de Archibald Dikson, un hombre que debería contar con el agradecimiento eterno de todos los españoles bien nacidos. El puerto estaba lleno de gente, cerca de cuarenta mil personas que habían llegado a la ciudad con el fascismo tras los talones. Dikson, arriesgando su vida y la de todos, decidió dar cabida a más de tres mil republicanos en un barco que apenas tenía capacidad para un tercio de ellos. Archibald se los habría llevado a todos, de hecho intentó que otros barcos se acercaran, pero no se atrevieron, pudo el miedo. La muerte estaba entrando en la ciudad, en todas las tierras de España, sin límites. Al ver partir al barco, con la cubierta llena de refugiados, comenzaron a sonar disparos, gritos, llantos: Las playas de Alicante se tiñeron de rojo.
 
Me permito reproducirles –como homenaje a tantas y tantas personas que lo dieron todo por la libertad y la democracia- una parte de Los Vientos Lóbregos que narra aquel triste día, aquellos tristes días, los más tristes de nuestra historia, aún no superada por no sabida:
 
LOS QUE NUNCA DUERMEN
Desde que volvió de la guerra, Santiago no lleva  bien lo de pasar la noche fuera de casa. Sufrió, su familia no supo de él en años, de un sitio para otro, contra su voluntad, llegó a perder la noción del tiempo y del espacio. Ni en Albatera ni en otros cementerios en los que estuvo existía la noche ni el día, el tiempo apenas tenía valor. Imperaba la resignación, la desesperanza. Siempre en estado de alerta, aguardando que el gran felino negro diese su último zarpazo. Se tendía en el catre, panza arriba. Cerraba los ojos. Intentaba tranquilizarse, pero oía todos los órganos de su cuerpo como si estuvieran fuera de él. El corazón, el estómago vacío, las tripas, los pulmones hablaban entre ellos mientras Santiago se perdía en un mar lleno de imágenes  irracionales que se mezclaban sin control. De vez en cuando parecía entrar en algo similar al sueño. Despertaba sobresaltado, sudoroso, trémulo. Los guardias entraban en los barracones, sigilosamente, para dejar su tarjeta de visita. Santiago tenía varias costillas metidas hacia adentro, casi clavadas en la pleura. Se había acostumbrado. Ni un quejido. Como el río, discurría por dónde aquellos hombres mandaban, sin decir ni pío.
 
Con el paso de los días había dejado de temer, ahora eran las visiones, su sistema nervioso dislocado, las imágenes fantasmagóricas que se alojaban en sus adentros, sin pedir permiso, la oscuridad. Veía ponerse el sol como quien ve llegar un buque cargado de sombras. Zozobra, angustia, desconsuelo, desazón, miedo, incertidumbre, deseo de acabar de una vez.
 
A finales de marzo de 1939, Santiago estaba en Alicante. Hasta que lo obligaron, no había salido del pueblo, pero había oído que a esa ciudad iban algunas personas pudientes a tomar las aguas. Acababa la guerra. Mujeres y hombres descalzos, con las ropas raídas, la mirada pérdida, famélicos, sin lágrimas que soltar,  caminaban en cordadas custodiados por cientos de sátiros, cancerberos y basiliscos venidos a la vida cuando el día cambió de nombre. Ni una palabra. Santiago no oía nada. No sabía nada. No quería mirar. Había estado en Alicante unas horas, tal vez días, pero sin moverse del sitio, como una estatua melancólica, como un farol al que no se le puede pedir más luz. Ni siquiera había visto la playa, ni el mar, tan sólo al fondo, en la línea que lo separa del cielo, unos barcos que se daban la vuelta antes de encarar la bocana del puerto. No estaba en primera fila, nunca lo había estado. Delante de él, miles de personas se apretujaban intentando hacerse un hueco en el viejo carbonero de  Archibald Dikson, un barco del que sólo vio su larga chimenea y al que no intentó subir en ningún momento. Disparos, gritos interminables, sangre por el Paseo, familias enteras abrazadas, llorando, mucha gente como él, pérdida, deambulando o quieta.
 
Cuando el buque se fue con el triple del pasaje que permitía su aforo, Santiago levantó la cabeza durante unos segundos, sin saber por qué. No conocía a ningún pasajero, no sabía dónde iban, tampoco había hecho nada por subir. Tal vez por el griterío ensordecedor, tal vez por las sirenas, quizá porque en su fuero interno estaba convencido de que con ese barco se acababa todo. Luego, al poco, con la misma indiferencia, contempló, esta vez sí, como por la Rambla bajaba una jauría de cancerberos cantando himnos alegres. Sin duda, el más jubiloso de ellos procedía de los antiguos salmos que musitaban las gónadas al entrar en el mundo de Hades:
 
“Salve o popole d’Eroi
Salve a patria inmortale
Son rinati i figli tuoi
Con la fe nell’ideale.
Valor dei tuon guerrieri,
La virtù dei pioneri
La visión dell’Athighieri
Oggi brilla in tutti i cuore…”
 
Del lado del mar sonaron varias detonaciones secas, como si se tratara de una traca festiva de las muchas que se encendían en esta tierra en tiempos de paz. Silencio sepulcral. Las gónadas y sus amigos rodearon a la multitud esperando la llegada de los hombres del Tártaro. Mandos falangistas custodiados por camaradas y rifeños paseaban entre los fantasmas guiados por unos hombres de buen porte que buscaban algo. Por un momento, Santiago salió del letargo. Quería saber qué. Pronto lo supo. Iban señalando con el dedo a muchos que debían conocer, enseguida eran levantados bruscamente y montados en camionetas con rumbo al castillo, una fortaleza defensiva que nunca había cumplido con la misión para la que fue construida bastantes siglos atrás. Ahora sí.
 
Una vez esmectada la chusma, Santiago y varios miles de penitentes más fueron alineados de dos en dos, de cuatro en cuatro en el Paseo y el puerto. Tal como iban, sin ropa, sin calzado, sin nada que llevarse a la boca, abandonaron la ciudad a paso lento, rodeados por cientos de gónadas, por un gentío que levantaba el brazo a la romana entre gritos y saliva. Tampoco pudo ver el mar, la gente se lo impedía, pero no hizo nada por verlo. En esos momentos a Santiago el mar no le importaba, ni los insultos, ni las miradas, ni siquiera dónde lo llevarían ni que harían con él. Caminaron durante dos kilómetros en dirección a Valencia. De pronto alguien mandó parar. Una montaña baja de roca pura, horadada a principios de la guerra por mineros para servir de refugio a los altos mandos militares y para colocar las baterías defensivas, les había separado de la playa dejándolos delante de un paisaje que por un momento recordó a Santiago los campos de Sarrión, abandonados.
 
Había llovido mucho esos días. Agua del cielo y agua del mar, pero Santiago llevaba muchas horas sin poder hacer saliva. Al fondo, el pinar en la umbría de la sierra, en el llano almendros con hojas recién nacidas, limpias, de un verde intenso, joven, risueño. Santiago cogió un puñado de ellas y se las metió en la boca masticándolas con avaricia mientras sus ojos pequeños miraban a todos lados para avizorar el peligro, como los perros cuando comen y se ven observados, sólo que Santiago no sacaba el colmillo, ni gruñía amenazador, daba por sentado que cualquier acto suyo por nimio que fuese podía ser merecedor de la ira de los dioses. De las hojas pasó a los tallos más tiernos, después a las raíces.
 
-¿Hay hambre, eh? Le espetó un cancerbero que había llegado hasta él en un momento en que descuidó la guardia. No supo que contestar.
 
-¿Hay hambre, eh? ¿Es que los hijos de puta no sabéis hablar?
 
-Sí, sí, perdone usted, tengo hambre pero ya lo dejo. Llevo varios días sin comer, tengo las tripas pegadas.
 
-No te preocupes, puedes comer lo que quieras, aquí hay mucha yerba, muchas hojas, para que veas lo generoso que es nuestro jefe. Os hemos traído al campo para que podáis alimentaros bien. ¿No sabes dar las gracias?
 
-Sí, gracias, gracias, muchas gracias.
 
Santiago ya no arrancaba hojas, ni tallos, ni raíces. Se había puesto firme con las manos trenzadas en la espalda. Miraba al vencedor con indiferencia, sin miedo, sin odio. No sabía lo que le decían ni lo que respondía. En ese momento le habría dado igual que lo hubiesen abofeteado, como tantas veces, o le hubiesen dado un par de latas de sardinas. Cuando el vencedor se fue, Santiago se dejó caer al suelo. Arrastraculos buscó el respaldo de un almendro. Pese a la sierra Grossa, la brisa del mar lo impregnaba todo. Quiso buscar el olor de antes, el olor de los almendros, de las jaras, de los tomillos, de las coscojas,  de los cantuesos, de los lentiscos, de los pinos, de la tierra mojada, el olor de la vida… Había tragado mucho polvo, tenía la pituitaria amarilla embarrada, oxidada, incapaz de diferenciar una fragancia embriagadora de las emanaciones de una letrina. Sólo ese olor nuevo para él, ese olor que atravesaba la montaña hasta meterse en sus huesos acostumbrados al aire seco, ese olor intenso, casi tangible, que provenía del mar, a menos de dos kilómetros en línea recta, podía ser intuido por sus glándulas olfativas. Se dejaba querer, acariciar, sobar ligeramente por ese viento suave y desconocido. Era agradable, en algunos momentos muy agradable, pero no era su aire. Santiago arrancaba ramas de tomillo, de árnica, de salvia. No distinguía unas de otras, sólo el mar, el olor del mar mecido por el viento de levante: El olor de la incertidumbre cierta.
 
Negado el olfato, Santiago continuó buscando el tiempo del paraíso con sus ojos  vivos, inquietos, desconfiados. Por un momento imaginó que los pinares de la Serra Grossa eran los del Portillo, los que veía desde El Maltés, una cortijada propiedad, como casi todo, de  los Condes de Sarrión y de la que su padre, Martín “Pijasanta”, era mayoral. Creyó que los almendros eran los mismos que veía florecer cada mes de febrero, que el regato de agua que manaba de una junquera era aquel donde de niño cogía ranas y sapos. Absorto en sus recuerdos, Santiago no se percató de lo que pasaba a su alrededor, ni vio como arrastraban a sus compañeros hacia un lugar del que nunca volverían, ni escuchó los gritos de los lisiados, tampoco el silencio de los que ya no tenían voz. Como un niño, jugaba con una escolopendra que había encontrado en la grieta del almendro. Nunca antes lo había hecho, la mordedura de ese artrópodo de antenas largas y mandíbulas letales para sus víctimas alimenticias era muy conocida en las Cañadas de Sarrión, donde abundaban y se las temía por su mimetismo, porque aparecían en cualquier lugar de la casa, entre los muros, en la cama, en los rincones de la cocina, entre los maderos cortados para la lumbre. Su picadura, no mortal para los seres humanos, era extremadamente dolorosa y prolongada. Sólo la aplicación de emplastos de vinagre sobre la hinchazón rojiza conseguía aliviarla ligeramente. Ahora, Santiago no se acordaba de nada, se limitaba a mover con un palo a un bicho patiabundante  que había visto muchas veces en su tierra. Le divertían sus contorsiones, el movimiento de sus antenas y sus ganas de huir que Santiago cortaba en seco dándole con el palito hasta regresarla. No sabía cómo convencerla de que de allí no se podía escapar, que ambos estaban en la misma situación, que se necesitaban. Sin embargo, la escolopendra no estaba de acuerdo con los pensamientos de su juguetón carcelero. De buena gana le habría dado un setazo y habría seguido su camino sin el menor remordimiento. Ella no había perdido ninguna guerra, ni estaba entregada al nihilismo, quería vivir libre, buscarse la vida, disfrutar de ella con los manjares que le ofrecía el campo. Santiago era su principal enemigo.
 
Las ensoñaciones y los juegos de Santiago –apenas perceptibles por un observador avezado, puesto que no movía músculo alguno ni mostraba expresión distinta a la de un cerdo degollado- acabaron súbitamente con el impacto de la culata de una carabina-máuser alemana modelo Kar-98 en su cabeza. Santiago, perdió el conocimiento durante unos segundos. Se recuperó. Miró lentamente, de abajo arriba, al agresor, sin ira, sin temor, sin objeción alguna. Era un tipo  chaparro, rechoncho, cuellicorto, patizambo, orejudo, barrigón y de voz atiplada que movía un ojo para cada lado y olía a cazalla vieja. Los más activos del campo de los Almendros sabían de él. Natural de Calesa y Chozas, provincia de Toledo, había demostrado hasta que punto un hombre puede llegar a amar la sangre en la represión que siguió a la entrada de los vencedores en la ciudad del Alcázar. Según se decía, “El Cabezalero” había cortado la yugular a decenas de heridos que yacían en los alrededores de la fortaleza. Algunos  que pudieron escapar de aquella horrible matanza aseguraban que lo vieron reír junto al torero Marcial Lalanda al lado de un montón de cadáveres antes de rociarlos con gasolina y prenderles fuego para que no los viese una comisión internacional que en breve visitaría la ciudad.
 
Marcial Lalanda se había significado durante la República por dirigir la primera huelga taurina de la historia contra la intromisión de los toreros mejicanos, muy del gusto de los aficionados de la época. Como torero del régimen –casi todos lo eran- Lalanda encabezó el cartel de la corrida que en homenaje a Himmler organizó el Caudillo el 20 de octubre de 1940 en Madrid, acompañado por los diestros Gallito y Pepe Luis Vázquez
 
-Anda, desgraciao. Si te has creído que estás de vacaciones, te has equivocao de cabo a rabo. Venga camina, más aprisa que no tenemos todo el día, gandul, piojoso, arrastrao que eres un arrastrao. Si por mí fuera ahora mismo te descerrajaba cuatro tiros, valiente maricón andrajoso.
 
Como en otras ocasiones, Santiago no abrió la boca. Comenzó a caminar tirando de un cuerpo esquelético que le pesaba como un yunque; encorvado, inclinado hacia un lado, arrastrando una pierna maltrecha. Entre insultos y amenazas, comenzaba un nuevo viaje, ahora de vuelta a Alicante, a la estación de ferrocarril.
 
Santiago vivía en la indolencia. Ni en los peores momentos de Teruel lo había pasado tan mal, sin embargo no le afectaba el sufrimiento o parecía no hacerlo. Era como si le hubiesen arrancado de cuajo el sistema nervioso, como si  le hubiesen quitado la sangre o practicado la lobotomía. Desde que llegó a Alicante no había probado el agua ni comido más que hojas, tallos y raíces. Nadie se encargó de dar un mendrugo de pan a los más de quince mil prisioneros que como él comenzaban una lenta  y penosa agonía. En su desidia, ni siquiera había intentado aguardar turno para beber del regato de los Almendros. Había mucha, mucha gente, silenciosa, paciente, gente que aguantaba lo indecible para conseguir arrimar sus labios al agua embarrada. Pero no todo era silencio, algunos prisioneros perdían los nervios y gritaban con todas sus fuerzas contra los carceleros. El estruendo de las ametralladoras imponía la paz  y en pocos segundos todo volvía a la normalidad.

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