Proverbio saharaui:

" Háblale a quien comprenda tus palabras "" Kalam men yafham leklam "(Proverbio saharaui)

domingo, 25 de noviembre de 2012

Argelia, mi país. Historia y memoria de la emigración valenciana a Orán y Argel

 
I Certamen Audiovisual Internacional sobre Migraciones y Exilios, organizado por el Centro de Estudios de Migraciones y Exilios (CEME) de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) de España, con el apoyo de Santander Universidades, y en coordinación con la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Ateneo Español de México A.C., se ha convocado con la Asociación Española de Cine e Imagen Científicos (ASECIC); el premio Guillermo F. Zúñiga de la ASECIC (que reconoce con el nombre de su fundador, el mejor documental divulgativo científico sobre una investigación social dedicada a los temas migratorios) para el documental "Argelia, mi país. historia y memoria de la emigración valenciana a Orán y Argelia" de Juli Esteve.
 
Sinopsis: entre 1830, año de la invasión francesa, y 1962, miles de valencianos emigraron a Argelia huyendo de la miseria, la falta de futuro o la persecución política. La colonia se convirtió así en una tierra prometida donde encontraron prosperidad, refugio y modernidad. Pero los europeos sólo eran un 10 por ciento de una población de mayoría árabe y bereber que no tenía ni de lejos el mismo nivel de vida. I ni unos ni otros supieron encontrar la fórmula para vivir juntos y en paz. Después de una guerra de ocho años especialmente cruel, Algeria se convirtió en julio de 1962 en un país independiente y los europeos iniciaron un éxodo masivo. Los valencianos de Algeria y sus descendientes volvieron aquí o se instalaron en Francia y tuvieron que comenzar de nuevo. En Algeria habían dejado para siempre años de trabajo, muchas ilusiones, la juventud y, a veces, también la vida. Tras 50 años, esta es su historia. Esta es su memoria.
 


Ifni, la última aventura colonial española

 
Ifni, la última aventura colonial española de Manuel Chaves Nogales
 
Entre abril y mayo de 1934, Manuel Chaves Nogales acompañará a una exigua fuerza expedicionaria española en la ocupación del territorio marroquí de Ifni, ordenada por el gobierno de la República. Situado en la costa suroeste, justo por encima del Sáhara occidental, Ifni era una posesión colonial hasta entonces no hecha efectiva y abandonada como "uno de esos objetos valiosos que se apolillan en los desvanes". Chaves Nogales ya había dicho en algún momento antes de esta singladura: «Marruecos es un hecho tan confuso que todo es posible.» Y efectivamente, mientras deja testimonio directo de lo que él mismo llama "la última aventura colonial española", en un magnífico y amplio reportaje para el diario Ahora, se hace evidente esa misma cualidad borrosa, de tópicos y contratópicos, de intereses opacos y gestos "deportivos" que parece inherente a la cuestión marroquí. La falta de peligro y el extraño clima de paz y concordia dan aires fantasmales y humorísticos al gesto colonizador y hacen que el propio Chaves se pregunte: «¿Es esto imperialismo?». Junto a algunos militares visitará toda la zona sin peligro. Realizará amistosas entrevistas a los jefes locales, tan llenas de humor como de respeto. Trazará un breve perfil del héroe del momento, el coronel Capaz, y de las riquezas y miserias del territorio. Sin embargo, a pesar de su sorpresa y alegría ante el carácter poco traumático y nada violento de la expedición, no dejará de advertir entre las diferencias de una «verdadera ocupación» y una simple «posesión simbólica del sitio». Y no podía saber nuestro lúcido autor en 1934 que pisaba el futuro escenario de la última guerra colonial española, el episodio de Sidi Ifni entre 1957 y 1958, otro hecho borroso y olvidado de nuestra historia reciente con el vecino marroquí, en la que aún colea hasta nuestros días todo el asunto, también bastante opaco —y también presente en este libro— del Sáhara occidental.

Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres, 1944) es hoy una de las referencias de la literatura y el periodismo español del siglo XX. En 1921, justo mientras dejaba preparada la publicación de este su primer libro, La ciudad, precisamente dedicado a escudriñar el alma difícil de su ciudad natal, marchó a Madrid, con escala en Córdoba, para hacer carrera en el cambiante mundo del periodismo. Como redactor jefe de El Heraldo y director de Ahora se convirtió en la referencia más avanzada del periodismo en la época de la República, llegando a ser contertulio del presidente Azaña. En esos años conquista la cima periodística con sus grandes reportajes denuncia sobre la Rusia bolchevique y los regímenes fascistas. Su obra literaria, entre el periodismo y la novela, dejó varios libros fascinantes de tema ruso: La vuelta a Europa en avión, La bolchevique enamorada, Lo que ha quedado del imperio de los zares y El maestro Juan Martínez que estaba allí. Y en 1935 conquista un enorme éxito editorial con su archiconocida serie periodística sobre Juan Belmonte en La Estampa y La Nación, que sería publicada en forma de libro y le daría fama internacional. Con la guerra tuvo que abandonar España y, tras un periodo en París, del que surge buena parte de su libro La agonía de Francia (1941), se instala en Londres donde seguirá desarrollando una labor periodística internacional de primera fila. En el clima de exilio y guerra, con la salud muy desmejorada, una desafortunada intervención quirúrgica le produjo la muerte mientras preparaba un libro con los testimonios de refugiados de la ocupación alemana.
La Libreria de Cazarabet
www.cazarabet.com/lalibreria

viernes, 23 de noviembre de 2012

“Estoy en Orán refugiado y pretendo dirigirme al gran país que V.I. representa”

Carta enviada por Fructuoso Salvoch
 
Manuel, hijo del aviador republicano Fructuoso Salvoch, evoca la figura de su padre a partir de la carta que éste envió para ser acogido por México
El País- Bernardo Marín - México- 19/11/12 
A las 9.50 del 29 de marzo de 1939, penúltimo día de la Guerra Civil, Fructuoso Salvoch Gárate, comandante de aviación del Ejército republicano, despegó a bordo de un avión Katiuska desde Albacete y abandonó su país junto a otros cinco compañeros con destino a Orán (Argelia), entonces territorio francés, donde aterrizó a las 11.35. Dejaba atrás, hechos trizas, 38 años de vida: a su mujer, Amparo Oncins, en un país al que él no podía volver, y a sus tres hijos, Paco, Manolín y Pili, en la Unión Soviética, adonde habían sido evacuados un año antes.
 
Salvoch no llevaba encima pasaporte alguno, solo el documento de sus superiores autorizándole a marchar al extranjero por sus servicios prestados. Su destino más probable era ingresar en la Legión Extranjera en un momento en que la descomposición de su país se extendía a toda Europa. Pero decidió probar suerte al otro lado del océano y el 11 de junio de 1939 tomó papel y pluma y con excelente caligrafía dirigió una carta al cónsul de México en Argel contando sus peripecias y pidiéndole asilo: “Me encuentro en Orán en calidad de refugiado y pretendo dirigirme al gran país que V.I. representa, donde tengo un hermano político, el cual me dice que vaya para allá y que bastará dirigirme a V.I. para obtener el pasaporte correspondiente”.
La misiva forma parte de las más de 7.000 solicitudes de asilo de republicanos españoles dirigidas al Gobierno de Lázaro Cárdenas que ha custodiado, prácticamente inéditas durante décadas, el Acervo Histórico Diplomático en la capital mexicana y a las que ha tenido acceso EL PAÍS.
 
Fructuoso Salvoch, fallecido en 1993, nunca volvió a ver su carta, pero ahora su hijo, aquel Manolín convertido a sus 79 años en don Manuel, presidente hasta hace cuatro meses del Colegio de Ingenieros Civiles de México, examina con emoción una copia del documento y evoca la odisea que llevó a su padre desde las costas de Argelia a las del Caribe.
 
Como en la película Casablanca, Fructuoso atravesó el desierto y llegó a la ciudad marroquí del mismo nombre. Allí pudo tomar un barco en el que cientos de judíos huían hacia América. Recaló primero en Cuba y finalmente pudo asentarse en México, a donde llegó en junio de 1942 y donde le esperaba su cuñado. “Mi padre no tenía convicciones políticas. Simplemente creyó que debía ser fiel a la República”, explica don Manuel. Con él apenas habló de la guerra: “Cuando pudimos reunirnos en México, yo asistía a las reuniones con otros aviadores, pero no me dejaba participar”. En América se reunió con su esposa, Amparo, y emprendió junto a ella diversos negocios, desde la venta de seguros a una juguetería pero no pensó en volver a volar. “El aparato que pilotaba fue derribado en una ocasión”, recuerda Manuel, “y él me hizo prometer que nunca sería aviador”.
La familia de Fructuoso, como tantas, se fracturó en 1936 y la mayoría de sus parientes abrazaron la causa de los sublevados. “No quería volver a su pueblo, Roncal, en Navarra, porque esa zona había sido partidaria entusiasta de Franco y temía un mal recibimiento. Así que tuve que engañarle. Una vez muerto el dictador le endosé un boleto de avión que había comprado para mí con la excusa de que me había surgido un inconveniente y no le quedó más remedio que viajar. Y allí le dieron la bienvenida con enorme cariño”, recuerda.
 
La vida de Manuel, como la de su padre, es también una novela. Casi literalmente, porque en 1997 su esposa, María Rosa Moral, hija también de refugiados españoles, decidió escribir la historia de su marido en un libro que tituló "Si no tienes voz, grita". El guion daría también para una película, si no fuera porque el argumento resultaría a ratos increíble, y arranca un día de 1937 cuando Manolín, entonces de cuatro años, se dirigía a su colegio en Barcelona junto con un compañero. Entonces se produjo un bombardeo y los dos niños fueron sacados de entre los escombros con sus manos entrelazados: el pequeño Salvoch vivo, su amiguito, muerto.
 
Sus padres decidieron entonces enviarlo a la Unión Soviética junto a sus hermanos. Allí murió el mayor de ellos, Paquito, y desde allí emprendieron en 1946 Manolín y su hermana pequeña, Pili, un larguísimo viaje para rencontrarse con sus padres, que habían podido reunirse en México. De Odessa, cruzando el Mar Negro, el Mediterráneo y el Atlántico, en barco hasta Nueva York. Y tras dos meses en la ciudad estadounidense, en autobús hasta Nuevo Laredo, en la frontera, donde recuerda su gran alegría al oír a todo el mundo hablar español.
 
De aquellos años en la URSS Manolín conservó el idioma ruso, que ahora no puede hablar con nadie, según se queja él mismo. Y otra carta, tristísima, la que tuvo que escribir un día de abril de 1944 para contar a sus padres la muerte de su hermano. Después de dar muchas vueltas, de relatar lo bien que le iba en el colegio a él y a su hermana Pili, en el quinto párrafo, el niño de 11 años, al fin se decidió a afrontar lo inevitable: “Queridísimo papá, a nosotros nos a ocurrido una desgracia. Se nos a enfermado nuestro queridísimo hermano y se me a muerto por eso no puedo decirte nada de él. Pero tú no le digas a mamá porque se disgustará mucho”.
 
Aquel niño de Rusia separado de sus padres por miles de kilómetros y una guerra mundial recompuso su vida y acabó diseñando algunas líneas del suburbano de la ciudad más grande del mundo. Su historia es la prueba de que no hay límite a la tragedia humana y a la vez de que nada está nunca definitivamente perdido. Fructuoso, el aviador, nunca quiso recordar la guerra, pero su hijo cree que es imprescindible: “Hay que saber todo lo que sucedió para que el perdón sea efectivo”.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Héroes olvidados

La Novena Compañía. Esta es la única foto oficial de la unidad que se conserva,
 realizada en la primavera de 1944. En la primera línea, en el centro, se distingue al general Léclerccha
 
La Historia comienza a reconocer la gesta de 'La Nueve' en la conquista de París. De los 144 españoles que formaron la unidad, solo 16 alcanzaron Berlín
Hoy.es - 18.11.12 - Daniel Pérez
La gran paradoja de los hombres de 'La Nueve' es que fueron perdedores hasta el final, por mucho que pelearan en Normandía, desfilaran como vencedores por los Campos Elíseos de París, conquistaran el Nido del Águila de Hitler y arrinconaran a los nazis en Berlín. En esencia, la historia de los hombres de 'La Nueve' es la historia de tres derrotas; la gesta olvidada de un puñado de héroes vencidos. Ese absurdo contiene y define su grandeza y su tragedia.
 
Escribió Pedro Salinas: «¿Será verdad que tenemos la patria desecha, la vida en suspenso, todo en el aire?». La primera derrota de los hombres de 'La Nueve' fue la Guerra Civil. A finales de octubre de 1943, el general Leclerc, declarado en rebeldía por el Gobierno colaboracionista de Vichy, se afanaba en organizar un Ejército de la Francia Libre que expulsase a los nazis de París. Tuvo que tirar de lo que había: unidades sueltas de las tropas coloniales en África, aventureros, apátridas, exiliados polacos y españoles. A los republicanos españoles, que contaban con la ventaja de ser los únicos con amplia experiencia en el combate, se les agrupó mayoritariamente en la Segunda División Blindada. Inserta en el Tercer Batallón de Regimiento de Marcha del Chad, estaba La Novena Compañía, 'La Nueve', formada exclusivamente por refugiados españoles que habían abandonado su tierra a través de los Pirineos, o en barcazas que hicieron mal que bien la ruta desde Andalucía hasta Argelia, o a bordo de algún buque solidario, como el Stanbrook. Dispersos por los campos de concentración franceses o inscritos en la Legión para evitar que se les repatriara, sus peripecias en el exilio tomaron un nuevo rumbo con el alistamiento voluntario en las tropas de Leclerc. Rafael Torres, autor de 'El hombre que liberó París' (Temas de Hoy), resume la situación de una manera muy gráfica: «El Ejército de la Francia Libre les daba la oportunidad de volver a pelear contra los mismos que habían bombardeado Gernika».
 
La responsabilidad de entrenar y 'dominar' a los 144 españoles de 'La Nueve' recayó en el capitán Dronne, un francés regordete y bigotudo al que el mando, no sin cierta sorna, le había advertido: «Estos hombres dan miedo a todo el mundo. Confiamos en que usted se las apañará». Dronne, en sus 'Diarios de Ruta', admite que tuvo que hacer muchas concesiones para ganarse el respeto de sus subordinados: las órdenes se daban en español, los semiorugas y vehículos de combate fueron bautizados con nombres españoles (Don Quijote, Guadalajara, Belchite, España Cañí), todos los miembros portaban una insignia con la bandera republicana y a todos había que tratarlos con cierto miramiento, porque les costaba admitir decisiones que no estuvieran plenamente justificadas. «A pesar de su aspecto rebelde, eran muy disciplinados, de una disciplina original, libremente consentida. Había que tomarse constantemente la molestia de explicarles el por qué de las cosas», cuenta Dronne.
 
Pero ¿quiénes eran? «Hombres hechos de otra pasta», explica el investigador Alfonso Domingo, autor de 'Españoles en la Segunda Guerra Mundial' (Almuzara). Para Basilio Trilles ('El Hombre de la Foto de París', Editorial Inédita), «cualquiera de ellos tendría en sí mismo una novela». En los preparativos del desembarco de Normandía estaban Amado Granell (valenciano, a la postre el primer oficial aliado en pisar París), Campos (anarquista canario condecorado con la Cruz de Guerra, desaparecido antes del final de la contienda y que, según el historiador Secundino Serrano, «pasó directamente de la División Leclerc a la leyenda»), Juan Reiter (hijo de un militar alemán fusilado por Hitler), Antonio 'Wamba' (intelectual formado en la Institución Libre de Enseñanza), Fábregas (un dandy educado en Inglaterra «que hablaba el inglés de Lord Byron»), tipógrafos como Montoya, boxeadores como Zubieta, gitanos como Moreno y hasta un torero, Larita II, que soñaba con ganar la guerra y volver a darle vuelo al capote.
  
Tras el entrenamiento en el Norte de África, los españoles de 'La Nueve' se trasladaron en barco hasta Inglaterra. Pasaron muy cerquita de las costas españolas. Desde el buque se veían las luces del litoral. Las miraron desde lejos, en silencio, acodados en la cubierta. Por entonces escribió León Felipe: «Sopla en toda la tierra el mismo viento que se llevó tu casa».
 
Su papel en el Ejército Aliado no fue el de meras comparsas. De los 144 hombres que desembarcaron en Normandía, únicamente 16 alcanzaron Berlín. El resto fueron bajas (muertos y heridos) y solo a un puñado de ellos se les cambió de unidad. Alfonso Domingo explica que su carácter de fuerza de choque queda más que acreditada «por las muchas tumbas con apellidos españoles que jalonan el recorrido de 'La Nueve' por Europa», y también por la larguísima lista de condecoraciones que lograron en las batallas de Ecouché, Bandonviller, la bolsa de Colmar, el cruce del Mosela y los Vosgos. Nada más que por eso, opina Basilio Trilles, «a los protagonistas de esta gesta histórica se les consideraría como héroes nacionales en Francia o en Estados Unidos».
 
Sin embargo, Normandía no fue más que el principio. A los hombres de 'La Nueve', la historia les deparaba «una suerte de justicia poética», explica Torres. «Con el ejército aliado a las puertas de París, Leclerc da la orden a Dronne, incumpliendo las directrices de los norteamericanos (que querían apuntarse el tanto) de avanzar hasta el centro de la capital». Parten dos grupos. Uno lo manda el propio Dronne, que acaba atascándose en la periferia. La tarde del 24 de agosto de 1944, el primer grupo de soldados aliados alcanza la plaza del Ayuntamiento y vuelan, al unísono, todas las campañas de París. Es una columna de españoles, cansados, desharrapados y felices. Los franceses dicen que no reconocen su himno. Será porque cantan el 'Ay, Carmela'. El 25 de agosto, la prensa francesa publica la foto en portada de uno de los soldados 'americanos' que había logrado la hazaña. El 'americano' se llamaba Domingo Baños y era natural de Extremadura.
 
El Nido del Águila
Antes del final de la Guerra, de su segunda gran derrota, los españoles de 'La Nueve' también participaron en la conquista del Nido del Águila, el refugio de Hitler en los Alpes que Steven Spielberg endosa sin muchos miramientos a la 101 Division en 'Hermanos de Sangre', la popular serie de HBO. Cruzaron a Alemania. Estuvieron en la toma de Berlín. Con Hitler muerto, esperaron ansiosos a que los aliados iniciaran la siguiente fase de la guerra, la reconquista de España, el derrocamiento de Franco, el verdadero objetivo de su lucha, la promesa implícita del General Leclerc en todas sus arengas. Nunca llegó. No hubo regreso a casa. Huérfanos de bandera, se reinsertaron en la vida civil. Fueron operarios de la Citroën, aprendices de alfareros, pinches de cocina.
 
La tercera derrota es la derrota de la memoria. Dice Secundino Serrano ('La última gesta', Aguilar): «Lucharon contra los aliados del Franquismo, nazis y fascistas. El correlato lógico es que el régimen se posicionara contra cualquier conocimiento de esa lucha por la libertad. Además, los republicanos españoles pusieron de manifiesto el colaboracionismo activo o pasivo de los franceses: algo insoportable para su chovinismo rampante». Ni a unos ni a otros les interesaba que se supiera la verdad.
 
En los últimos años, algunos ensayos (Evelyn Mesquida, Alfonso Domingo, Secundino Serrano), novelas (Basilio Trilles, Carmen Amoraga), homenajes desde el Ayuntamiento de París, e incluso una serie de televisión de TV3 han comenzado, levemente, a corregir esta injusticia. Quizá esa otra batalla, la batalla de la memoria, aún esté a tiempo de ganarse. Carmen Amoraga, la última novelista en tratar el tema en 'El rayo dormido' (Destino), lo explica así: «Es una historia bélica y humana tan potente que no me sorprende que la gente, poco a poco, quiera saber más del tema, tal y como me ocurrió a mí. La primera vez que oí hablar de ellos pensé, con estupor: ¿Qué? ¿Cómo es posible que yo no supiera esto?». La respuesta es que los hombres de 'La Nueve' combaten, todavía, en su guerra infinita contra el olvido.

martes, 6 de noviembre de 2012

VI Jornadas de Archiveros sin Fronteras: "Archivos, Identidad y Exilio"

 
AsF
Los próximos 16 y 17 de noviembre se celebrarán, en el Museo Marítimo de Barcelona, las VI Jornadas de AsF, con el título "Archivos, Identidad y Exilio".

La asistencia a las Jornadas es libre y gratuita, aunque las plazas son limitadas. Para inscribirse, solo es necesario rellenar el formulario y hacérnoslo llegar bien por correo postal o bien a través de asf@archiveros.org .